Cualquier cosa podría pasarme ahora … y se que será bueno. Gracias a todos por estar conmigo durante todo este tiempo.
Cualquier cosa podría pasarme ahora … y se que será bueno. Gracias a todos por estar conmigo durante todo este tiempo.
Después de una semana de no padecer esto … parece que he vuelto a tener el gusto por la escuela, por ser yo.
Pero desafortunadamente, eso no resuelve todo el problema. Hay muchos que no pueden solucionarlo como yo. Que no pueden hablar o actuar.
Y nos toca a mí y a tí que estás leyendo esto hacer algo.
Denuncia.
Infórmate.
Acércate.
Parece simple; pero a veces pienso en que hubiera pasado de no haber visto una película o de no haberme comunicado con mi familia. Y entonces pienso que aunque no son acciones complejas, pueden cambiar la vida de alguien.

Su vida era perfecta… hasta las 6 am. A esa hora despertó. Como casi todas las noches, entre sueños, unos minutos antes del maldito (“¡Maldito, maldito, maldito!”) “Riiiiiing!” del despertador, él era fuerte, atractivo e inteligente; respetado por todos. Su mundo, sus reglas. Lamentablemente, despertó. Despertar del paraíso a este pequeño infierno es una m
ala costumbre, ¿no?
Su cuarto es su guarida. No es un templo, pero sí una discoteca, un modesto intento de cineclub y un altar secreto a ciertas actrices porno. Es un cuarto normal, como el de cualquier chico medianamente afortunado. Y eso es su vida: una dulce medianía, pero él no es un tipo afortunado. “¿Existen los tipos afortunados?”, a veces se pregunta.
Deja de ser un rey al salir de su cuarto y se convierte en una criatura indefensa. Nadie lo enseñó a ser fuerte. Tiene unos padres muy morales, muy amorosos, muy encantadores, y muy ocupados, y muy preocupados, y muy maltratados en sus propios trabajos de 700 horas… Bendita clase media: media vida, medios ingresos, medio amor; todo a medías.
“¿Existen los tipos afortunados?”, hoy se ha pregunatdo mientras almuerza. “¿Existen los tipos afortunados?”, se repite al sentarse a comer. “¿Existen…?”, murmura en la cena. “Existen, y no soy yo”, sentencia antes de dormir.
Y la sentencia se cumple, porque la vida la confirma al día siguiente: existen, y no eres tú.
Otro día. Se levanta, se viste, se prepara para ir a la escuela. Un “Buenos días” indiferente de mamá y papá. “Mi hijo está bien”, piensan. “Todo está bien”, piensan. “Estamos bien, ¿no?”, a veces dudan. Pero sólo piensan.
Pero hoy le irá bien, hoy es un buen día. Un poco de menosprecio y chantaje. Hoy sólo lo insultarán un poco, los de siempre, con los insultos de siempre (“pendejo”, “puto”, “culero”, ”baboso”, “orate”, maricón”, “¿Dijiste algo, marica? ¡A mí me respetas, culero! Mírame, pendejo, ¡mírame!”: los de siempre. La violencia es efectiva porque siempre es igual). Las otras 30 personas del salón, las 130 del grado y 1000 de la escuela, simplemente lo ignorarán.
¿Tiene amigos? Sí, pero corren la misma suerte. El bullying es cuestión de taxonomía, divide un mundo salvaje en dos especies: los que sueltan el golpe y los que lo reciben; las que son ofendidos y los que ofenden. Círculo vicioso y modelo exitoso: unos enseñan la técnica y los otros aprenden. Se debe sobrevivir de algún modo, ¿no?
Vuelve a su casa.
“Los maestros dictan su clase y se van. El mundo transcurre en silencio, nadie se detiene. Arriba, en algún sitio, la gente es feliz. Yo soy feliz. Pero no en este hoyo. No en este hoyo”, escribió Martin, antes de dormir. Se llamaba Martin y, como último consuelo, sepan que nadie lo volvió a molestar. El despertador sonará de nuevo a las 6 am. Nadie lo escuchará.

(Imagen: SunnyDazzled)
Me dirigí al cine a ver la película de nuevo. Cuando entré pude distinguir a Roberto y Alejandra en las filas de en medio; estaban tomados de las manos. Yo me quedé cerca de ellos, tres asientos contiguos. Los miré con detenimiento; había ratos en que parecían decirse palabras de cariño, pero esas son sólo figuracionesmías. Quizá no se decían nada. Apagaron las luces y extrañamente vi que ambos cerraron los ojos, como si no quisieran saber sobre la oscuridad de la sala. Y la película dio inicio y fue entonces que dejé de ser tan obvio. No los miré más. Sabía bien que les incomodaba mi presencia. No era para menos: yo estaba al tanto de todo y trataba de entenderlos. Recuperarse de la pérdida de un familiar no es nada fácil, sobre todo si sucede así, tan repentino. Desde que se quedaron en soledad, padre e hija, comenzaron con ese comportamiento; especialmente ella, que se sentía en un estado de soledad pura. Porque es muy diferente estar solo, que estar en soledad. Lo primero, al menos, te permite saber que vives; lo segundo, obnubila y no deja volver a la razón. Sin embargo, me enfoqué en el filme, que parecía distinto en algo. Si bien, la trama era la misma, pero los personajes parecían haber cambiado, incluso, sus rostros denotaban inseguridad. No eran los mismos, estoy seguro. Pero me distrajo escuchar que Alejandra lloraba. En ese momento recordé la otra causa de su dolor: extrañaba el mar. Quería volver allí y llorar mientras las olas acarician los pies. Dejar ir con la marea ese dolor que le atravesaba el pecho siempre que recordaba a Lucía, su madre, que ya no estaba con ellos. No es fácil, ya lo dije. No es sencillo adaptarse a una nueva vida. Y ella lo resentía, principalmente en el colegio. Ese lugar en donde todos la juzgaban y la hacían una mujer con miedo. La juzgaban por no saber con quién juntarse… por no saber a quién amar. ¡Pero quién lo sabe! Quise ir a abrazarla y pedirle que llorara en mi hombro, mas no me atreví. Y me arrepiento tanto. La cinta transcurrió en orden y en el fondo me quedó esa sensación de haber entrado a la sala equivocada. Un poco antes de que prendieran las luces, me volví para saber si podría saludarlos, pero ya no estaban. Tal vez salieron a la mitad o antes del desenlace. “No supieron en qué concluyó la historia”, me dije, y entonces se iluminó la sala. Me quedé esperando a que saliera el resto de la gente; viendo, al mismo tiempo, los créditos y la lista de nombres en la pantalla. Quise dejar de pensar en los ojos de Alejandra, almendrados y llenos de vacío, mas fue imposible. Alejandra extrañaba el mar y seguramente el mar la extrañaba como si fuera un coral o un arrecife. Alejandra y el mar: es como pronunciar una misma palabra. Creo que hizo bien al retirarse y no saber el final de la historia. A veces vale la pena no saberlo.
2 Notas

Dicen que “no creer hasta no ver”, resulta gracioso como a veces ni eso funciona, como a veces la violencia permanece intacta frente a nuestros ojos, y no podemos verla. Hasta la vista nos engaña, por que la maldad se disfraza de bondad, de inocencia, por eso decimos “déjenlos, son solo niños”. Resulta inevitable dejar que fluyan los malos sentimientos, la oscuridad como concepto abstracto del lado maligno del ser humano. Pero permanecemos alejados, por que en realidad “no pasa nada”. Es tan abstracto como las diferencias de edades también pueden provocar que vivamos en mundos diferentes y ¿a quien le importa lo que pasa en las escuelas?, mientras estén aprendiendo a ser adultos, todo está bien. Poco a poco nos distanciamos, como si naturalmente supiéramos qué papel debemos jugar al llegar cierta edad, perdemos esa alegría, esa alegría que ellos aún tienen y que muchas veces no nos importa.
¿Que tan probable es que nuestras “soluciones” funcionen, que el aislamiento resulte y que los castigos repriman a los demonios? Debemos considerar nuestra capacidad humana de sentir empatía. Es difícil trasladar nuestra mentalidad a una mente joven, así mismo es difícil generar un concepto de maldad y de lo que en verdad “no es bondad”.
Y sus mentes son un laberinto, del que nosotros no deberíamos forzar la entrada, por que sólo ellos conocen muy bien la construcción. Así como en un momento de nuestra vida nosotros también vivimos en un mundo distinto al de nuestros padres, así ellos nos ven ahora. Su identidad se construye en cada minuto que pasa, así también sus miedos nacen con vivencia.
Y no es que no podamos hacer nada, nosotros fuimos quienes los trajimos al mundo, nosotros somos el ideal de todos ellos. La experiencia nos da la ventaja de conocer mejor el mundo, y nos da la posibilidad de evitar que surjan heridas graves. Es como si viajáramos al pasado ¿Qué cosas desearíamos corregir de nuestro comportamiento o del comportamiento de los demás en el pasado?
José Luis García Martínez.
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He estado posteándoles algunos ensayos que están en el Facebook de Después de Lucía.
Resulta que estos textos son una iniciativa que tienen con Universia, que es una red de Universidades que abarca 23 países que hablan español (y portugués) y que impulsan proyectos que en pocas palabras, relacionan a la educación con el mundo real de la manera más accesible.
No sólo les estoy diciendo que esto implica cosas como obtener trabajo o ciertos beneficios, les estoy hablando de ser agentes de cambio; sino de vincularse como universitarios con su sociedad.
Pueden seguirlos por Facebook y Twitter, y estar al tanto de todo lo que hacen.

Vayan a ver los textos y comiencen a votar y a comentarlos!
4 Notas

La última clase del colegio es mortal en la época más calurosa del año, debería ser delito tener a adolescentes encerrados en un salón de clases con esta temperatura, piensa él. No entiende nada de lo que la maestra dice, o no quiere entender nada. Desatiende sus notas y su atención se centra en cada gota de sudor que poco a poco baja por su frente para pasar por su nariz y luego alrededor de su boca; la manga del suéter, que por cierto no soporta más, está ya empapada del sudor que se ha secado con anterioridad. El compañero de atrás le pica el hombro, él gira un poco la cabeza hacia su izquierda y ve de reojo la mano del de atrás con un pequeño pedazo de papel doblado sobre su hombro. Lo toma, sin abrirlo siquiera, y lo avienta enseguida al interior de su mochila. Dirige su mirada a la ventana tratando de adivinar la hora pero el sol y su ondas de calor lo complican un tanto, acto seguido checa el reloj que la abuela le regaló en su cumpleaños pasado. Sólo quince minutos para salir corriendo de ese micro infierno, formarse para tomar el transporte escolar que lo lleve a casa y tal vez ducharse para combatir un poco el sudor hediondo.
Suena la chicharra que marca por fin la libertad. Arturo toma apresuradamente el par de libretas sobre su butaca, las cierra y las mete en su mochila para luego colgársela al hombro. Sale presuroso del salón de clase, se le nota nervioso y acelera más el paso. Mientras avanza por entre las filas un par de compañeros lo llaman por su nombre pero el los ignora por completo, otro par más se aproximan hacia la puerta para interponerse en el camino de Arturo, él los ve de reojo con su pose cabizbaja habitual y corre para poder salir antes de que ellos logren su cometido.
Quince horas más quince minutos llega a casa. Abre la puerta, atraviesa la sala y se asoma a la cocina para cerciorarse de la presencia de su mamá; estaba ahí, poniendo los cubiertos para dos personas en la mesa cuando él le anuncia que es miércoles de entrenamiento, por lo que no la acompañará a comer.
Sube las escaleras rumbo a su habitación, saca su polo blanca preferida del clóset, jeans y zapatos aptos para soportar el calor. Decide que debe darse una ducha para un mejor aspecto.
Baja las escaleras, recién bañado, con la maleta del entrenamiento al hombro; demasiado aliñado para una práctica de baloncesto. Procura no hacer tanto ruido al bajar hasta llegar a la puerta y despedirse de su madre con un –Adiós, mamá– en voz alta. Cierra la puerta y ella lo vigila a través de la ventana que da a la calle hasta que lo pierde de vista.
Los rayos del fuerte sol rebotan en su castaño cabello recién lavado. Camina un poco a prisa buscando la sombra que le ofrecen los árboles a su paso. Dos cuadras más y gira a la derecha, camina unos metros para luego atravesar un pequeño parque con una fuente de agua cristalina, acaricia con sus dedos el agua y sigue su camino. Se postra frente al número 33 de esa calle, su destino. No parece ser el gimnasio de la escuela ni algún club deportivo, tampoco un campo abierto y mucho menos se ve a otros jóvenes rondar por ahí. El 33 corresponde a una casa beige con un pequeño y cuidado jardín al frente, limitado por una media cerca de madera. Toca el timbre.
Un hombre maduro, alto y bien parecido sale al llamado. Cruza el bonito jardín y abre la puerta haciendo pasar a su visitante; le saluda haciéndolo pasar y le rodea con su brazo al tiempo que avanzan hacia el interior.
Arturo deja la gran mochila que lleva al hombro sobre el primer sofá que encuentra a su paso, y se queda ahí postrado unos segundos mientras Raúl viene a su encuentro con un vaso con agua fría muy apropiado para el clima. Toma de golpe la mitad del líquido y deja el vaso sobre la mesita de centro que está a un costado suyo, alza la mirada y observa que Raúl lo mira intrigado con sus ojos grises. Arturo se avienta al pecho de Raúl con los brazos abiertos y éste le responde el gesto sin decir palabra alguna. Arturo cierra los ojos con fuerza mientras sigue colgado del cuello de su acompañante, los cierra con tal fuerza que puede observarse cómo se le tensa la mandíbula por igual. Brotan unas cuántas lágrimas de los ojos de Arturo y su mirada se torna llena de ira, de impotencia. Raúl lo toma de la mano y se sienta en el sofá con Arturo sentado sobre sus piernas abraza y le dice unas palabras para alentarlo, le besa la mejilla y vuelve a abrazarlo.
Horas después se les ve atravesar el mismo jardín, uno acompaña al otro por que debe partir. Se despiden sonrientes.
El joven emprende su camino y pasa de nuevo por la fuente con agua cristalina que ahora refleja la puesta del sol; mismo recorrido. Llega a casa y sube a su habitación, de nuevo se ducha y se avienta sobre la cama.
Al poco tiempo le llaman a cenar, baja y ocupa su lugar correspondiente en la mesa: al lado de su padre, de frente a su madre. Ellos platican mientras él come, ellos hablan de la economía familiar mientras él medita y busca una solución ante sus problemas en la escuela, se desespera por que se siente débil pero la imagen de Raúl abrazándolo que llega a su mente lo reconforta. Sonríe tímidamente, mira a sus padres con la intención firme de expresar lo que siente y le acongoja pero se le hace un nudo en la garganta que se lo impide como muchas tantas veces.
David Cruz Federico.
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Legit - Nevermind
Hoy me preguntaron si llegaría el día en el que pueda decir “No importa”.
La verdad es que aún no lo sé, pero me queda claro que parte de superar esta etapa de mi vida es poder perdonar. Seguramente no querré ser amiga de mis bullys, pero al menos no tengo sed de venganza.
Hoy solo sé que el día es soleado. Como para escuchar música en mi ventana.
Saben? He puesto muchas cosas de Después de Lucía, desde que se liberó el trailer, las fechas gratuitas y ahora los ensayos sobre bullying que están publicando; pero he hablado muy poco de las personas que están detrás de la película.
Y quiero empezar por Lemon Films.

Ellos hicieron ruido desde 2004 con Matando Cabos. No puedes decir que no te gusta esa película, tiene acción; unos chistes muy buenos … y a Tony Dalton (jeje). Esa peli es un parteaguas en el cine en México.
A partir de ese punto han hecho toda clase de géneros. Del terror de KM31 hasta el super reparto de Rescatando al Soldado Pérez.
Antes de DDL, se encargaron de que pudieramos ver en la pantalla chica la serie de Paramédicos (en ONCE TV) y en el cine la divertidísima Casa de Mi Padre, con Will Ferrell, Diego Luna y Gael García Bernal (y ahí viene el DVD!)
Creo que mi etapa de víctima de Bullying está finalizando, y sólo por esome siento comprometida a prever está situación tanto como me sea posible.
Y en bullyinformate.org encontré esto:
Es el primer capítulo del libro Soy Mam@digital, en el que se puede optimizar el uso de las redes sociales para enfrentar al acoso … y a la era digital en sí.
Descarguen el primer capítulo del libro AQUÍ.
G.